A veces no tenemos idea del porque suceden las cosas, cuando no son el resultado de lo que hemos sembrado, sucesos que marcan el transcurso de la vida de una persona y trascienden en otras, para darnos indicios de algún augurio personal, o para prevenir a quienes abusan de la seguridad de lo que la vida les brinda.
Aún recuerdo con ternura mi pueblo natal, un lugar fantasmagórico, de casitas pequeñitas que hervían bajo el caluroso sol de la sequía del clima; un lugar que sin ánimo de ser desagradecida, provocaba llorar, no solo por lo olvidado que lo tenía el mundo, sino porque no sucedía nada y hasta el aire parecía ser indiferente.
Fue para mis doce años que llegó a mis manos un libro rosado de hadas, y desde ese instante ame sus vestuarios, sus cuentos mágicos, los universos diferentes y pude ver que mi pueblo no tenía fronteras y si las tenía yo brincaría sus tapias.
Descubrí con mi maestra de danza de la primaria y secundaria mi verdadera pasión: el baile, una expresión fantástica que extendía mi alma a una alegría infinita.
Cuenta mi madre que por ese tiempo tenía más ganas de marcharme, que de disfrutar mis bellos años de amigas y colegio, que perdurarían en mis recuerdos. Y así fue conseguí convencer a un tío, que poseía buenos recursos económicos, para que me apadrinara en mi aventura.
Tenía claro que quería la danza, al llegar a la capital me presente a una escuela pública de artes, de excelente reconocimiento, era una utopía ingresar allí, pero conserve la esperanza y confíe en mi talento y lo logré.
Allí no solo aprendí sobre el amplio mundo de arte y la danza, y lo difícil que era mantenerme allí, por las duras y arduas horas de estudio y práctica; también aprendí del amor, del dolor, la envidia y la competitividad. Lo que me hizo más fuerte y como los callos de mis pies, se fue curtiendo de tenacidad mis emociones pueblerinas.
Durante mis estudios me presenté en muchos teatros y auditorios, ese lugar de hadas de aquel libro, se hacía lentamente realidad; pero quería más, y había escuchado de maestros y compañeros nombres de otras ciudades que eran más irreales y fantásticas que la misma capital.
Me presente para una beca en una ciudad que quedaba aún más lejos que mí inquieto soñar y tuve que preparar mi única y pobre maleta, para tomar un vuelo Transcontinetal, no creía tan buena suerte, pero mi talento hizo que me escogieran; mi destino sería: Paris, la ciudad de las luces y el amor.
No mentiré que tenía más miedo que ganas de vivir esa experiencia, allá no tenía ni a un tío pudiente, amigo, o amigo del algún conocido, estaría sola, pero mi tenacidad había cruzado la cerca de mi pueblo y no me abrumaría un océano y las muchas fronteras que debía trascender.
Si se trata de referenciar aquella majestuosa ciudad, podría contar que en todo allí se respiraba arte, el amor de novios se desbordaba en el volar de las alondras, mis ojos se alimentaron de la más bella arquitectura y comencé a dudar de mi gusto preferencial, entre el museo de Louvre o la catedral de Notre Dame; la música se apoderaba de la noche y la luna para hacer una sola sinfonía y la diosa Isis, comparada con esta ciudad, no creo que era tan dichosa como yo con este sueño encantador.
La pensión donde vivía no era mayor a lo que estaba acostumbrada, pero hubiese vivido bajo la torre Eiffel, cuando vi el estudio de danza al que le haría cosquillas con mis pasos de baile, de rincón en rincón; era un lugar imponente pero generoso y se respiraba una magia, que sólo mi pasión por la danza comprendía, es mi razón de vivir, el palpitar de mi corazón en cada expresión de mis movimientos, el volar de aquellas hadas de mi niñez y la técnica mi herramienta tortuosa pero exquisita.
Con el trascurrir de los años me fui convirtiendo en algo que no había vislumbrado: la mejor bailarina de ballet, la música, mi balancear con delicadeza y armonía, las puntas, el leotardo o body y los tutus, se convirtieron en mi maravillosa vida; entre auditorios y países, giras y tormentas de aplausos se desbordaba mi felicidad entre mi existencia.
Fue así como lo vi por primera vez, con su rostro enmarcado por sus cejas negras, un precioso francés que decidió hilar su vida a la mía; consumía su tiempo en luchar recursos para los jóvenes desfavorecidos y yo me enamore de él y su causa. Acudía a mis ensayos arduos y a veces dolorosos, limpiaba las heridas de mis pies con su ternura y me perseguía con su mirada en las presentaciones en las que él hacía el mejor de los finales entre lirios y un beso.
La tan anhelada presentación de toda bailaría se hizo presente en mi carrera artística, había soñado con ese momento desde que nací, aunque no lo supiera. Los recursos de esta majestuosa presentación, con doscientos bailarines en escena, serían destinados a las dos fundaciones más grandes del mundo para niños y jóvenes, en las que trabajaba mi adorado francés; yo sería la bailarina principal.
Ensayamos días y noches enteros durante dos meses, faltaban tres días para la presentación, el último ensayo, en mi esfuerzo por el mejor realizar un doble Grand Gentle, caí muy mal y me fracturé el tobillo derecho y esguince mayor en el izquierdo; se acabaron todos mis sueños, pensé al despertar de frente con la noticia.
Enmarque mi historia con la tristeza, la sonrisa, el sello de mi rostro, cayó por un precipicio rocoso que sería imposible de recuperar; el único contacto real con aquella ciudad romántica, generosa y dulce, era la ventana, que me recordaba que afuera el mundo seguía sin mí, pero yo sin él.
Me consumí en un intenso dolor y nombre a la soledad como mi íntima amiga, no quería ver como los demás observaban el fantasma en que conseguí convertirme. Resulté alejando lo que amaba, aparte de lo que ya se me había obligado a dejar.
Fue mi ángel guardián quien no renunció, quien durante más de un año lidió para convencerme en visitar más médicos que me dieran alguna solución; decidí intentarlo, nos presentaron un médico especialista en el tema, tuve que viajar en repetidas ocasiones a New York a terapias muy dolorosas, este tiempo de altibajos no se comparaba con las heridas de mis ensayos o las horas duras e interminables de cansancio; día a día las terapias fueron dando resultados, al principio caminaba trastabillando, luego trotaba con dificultad, mi reto era volver a bailar.
Así es, acá estoy en el camerino, a unos minutos de haber culminado satisfactoriamente la presentación anhelada de mi existencia; con cada empeño de los poros de mi piel, puedo decir: lo logré; solo la fuerza de nuestro interior consigue resultados inesperados, solo la convicción de sobrepasar las murallas que oscurecen nuestra luz real, hacen posible que se vuelva a nacer, con el mismo nombre, pero con unas alas más grandes que soportaran vientos aún más fuertes.
Qué interesante. Me hace pensar en la tenacidad de muchas mujeres que hacen que este mundo gire al rededor de nuestros sueños y lo detienen cuando quieren darnos su mano para ayudarnos a subir. Un poco corto, ya que la historia es interesante y da para unas cuantas páginas más.
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