SOLO UN DÍA LO CAMBIA TODO
Podía
haber jurado que esa noche estaría en mi fiesta de cumpleaños, aunque ocho días antes ya tenía 17 años. Desde las
6:50 a.m. de ese viernes comenzamos a hablar del tema, en realidad se iban a
celebrar dos festejos, el otro me lo reservo por respetar la privacidad de mi
amiga Heydy.
Éramos
seis murmullos en clase, “las Brando”, nos llamaban así profesores y
compañeras; El día se hacía tan largo y mis oídos solo querían escuchar el
timbre de salida, el calor era nauseabundo entre la última hora de Constitución
Política y el balbuceo de nuestro profesor Guillermo.
El
esperado sonido que anunciaba la salida nos sacó del letargo y nos recordó nuestro
objetivo del día: la fiesta. Paola, Heydy y yo tomábamos el bus para centro del
municipio estábamos encargadas de comprar el Ron y la Coca Cola; yo llevaba el
dinero que habíamos recolectado en mi maleta y aunque se nos recordaba a cada
instante que éramos menores de edad, el grado once nos hacía sentir más grandes
que nunca.
Caminábamos
por una de las aceras de la Avenida de las Palmas, entre risas movíamos rápido
las piernas para alcanzar a hacer todo lo que estaba previsto y retirarnos el
uniforme para comprar el “motín” como le decíamos a la mezcla embriagante.
Escuché mi segundo nombre: ¡Consuelo! (sólo mi familia me decía así) voltee la
cabeza con cierta duda, pues la voz no era conocida, mis amigas dieron unos
pasos adelante.
Mi
mirada ubico dos hombres, no eran tan mayores, se encontraban recostados en una
camioneta blanca; yo hice una mueca y llevé la mano hacia mí, como
preguntándoles si era conmigo. Uno de ellos se acercó y tan solo dijo: “Súbase
al carro y no haga las cosas difíciles”. Yo despectivamente contesté a manera
de pregunta: “¿perdón?”, llegué a pensar que era una manera tonta de hacer un
piropo o conocerme, pero su mirada me indicó que aquello era serio y como un
retroceso de mi vida llego a mi cabeza una conversación que mis padres
mantenían hace unas semanas, yo inapropiadamente escuché, mi papá le decía a mi
mami que ya se debían cinco vacunas, que los negocios no estaban vendiendo lo
mismo que antes y que había que hacer algo. Para nadie era un secreto que
“vacunas” era un término que se utilizaba para una cuota o diezmo que se daba a
la guerrilla, que nadie sabían dónde estaban ni quiénes eran, pero existían y
lo cierto es que había que cumplirles por que se rumoraban que eran “de los
malos”. Aunque a hurtadillas me llevé esa conversación, pensé que no
trascendería, sentí que no era de mi incumbencia los temas de adultos, en
especial ese asunto que me daba miedo.
Pero
ahí estaba esa cuestión mirándome de frente, no temí ni un momento, creí que
era algo pasajero y que estaría lo más pronto para ir al festejo. Giré para
alcanzar a mis amigas y les entregué la maleta, se consternaron un poco ya que
esos tipos no los conocía nadie, yo les indiqué que eran clientes de las
cerrajerías de mis padres, que no habría problema y que llegaría esa noche sin
falta, trate de despistarlas para no ocasionar problemas. Encomendé a Heydy que
fuera a mi casa y le dijera a mi papá que estaría con estos señores, como una
manera de avisar el suceso. Con desconcierto aceptaron, yo me acerqué al carro
blanco y vi que tenía al asiento de enfrente abajo, me subí en a la parte de
atrás.
Nuestra
ruta siguió derecho al oriente de la Av. de las Palmas, yo quería preguntar
algo, pero pensaba que no era apropiado. Aún no tenía miedo, no sé si es la
juventud hace que uno no tema, que la adrenalina se confunda con alegría y
valentía… no lo sé, solo tengo claro que hoy trece años después moriría de
pánico.
El
clima comenzó a cambiar, hacia cada vez más frío y por la ruta reconocí que
íbamos hacia Pasca un pueblo cercano a Fusagasugá. Comenzaron a mantener un
diálogo los dos hombres, el camino se volvía más rocoso y yo no entendía nada,
se referían a nombres y cosas que no tenían sentido, no eran frases coherentes
y por supuesto entendí que hablaban en clave.
Disminuyeron
la velocidad, uno de ellos dijo: “hay que ponerle esto, en un rato vamos a
llegar”, se inclinó hacia mí y me di cuenta que era una bolsa de tela negra. No
me opuse, él suavemente me la colocó, la aseguró con un cordón, yo pensé que en
un rato más haría trampa y miraría todo, pero aquel trapo era una tiniebla y
apenas dejaba respirar.
No
sé cuánto tiempo tardó pero llegamos y me bajaron; ahí ya tenía las manos amarradas
con un lazo delgado, escuché nuevas voces, comenzamos a caminar, después de un
tramo se escuchó más gente, pisé asfalto y me sentaron, me permitieron ver,
estaba en una cama y frente a mi habían otras tres, allí estaban dos señoras y
un muchacho como de veinte años, nadie hablaba. Observe el estrecho lugar, era
una especie de choza o bohío, muy rústica, las paredes eran de barro y caña,
habían unas revistas apiladas en el suelo, unos zapatos viejos en una esquina y
unos tubos en otro lado.
¡Necesito
un baño! Le indiqué a un hombre que estaba como vigilante cerca de la entrada
que no tenía puerta, me señaló con un arma grande y larga a donde debía
dirigirme, me paré en la entrada y menos de un metro estaba una pared que no
permitía ver nada, al lado derecho había un espacio en donde logré observar que
estaba nublado, sólo había árboles, matas y pasto. Al lado izquierdo estaba un
improvisado baño, una especie de letrina y un tanque con agua que provenía de
un tubo del que colgaba una media velada.
La
tarde se hizo noche y esta se convirtió en mañana y así varios días; no se
podía conversar, por la noche se escuchaban chasquidos, disparos, llanto de
otras personas, grillos y latidos de perros, en ocasiones cantos de lo que hoy
supongo son de revolución. No había luz y en esos momentos si temía. Temprano antes
del alba se oía como un jefe daba instrucciones, algunas cosas eran claras,
otras no, nos llamaban por números.
Ya
extrañaba mi casa, mi mamá mis amigas, todo, la comida era denigrante y
absolutamente todos los días habían papas, no me quejo pues llenaba el estomago
ya que a veces no llegaba sino un plato por día.
Espantoso
los días de baño, solo fueron pocos, el agua era helada pero el verdadero
terror eran los hombres con mirada de morbo, el asco y la repulsión se
apoderaban de mi y en el corto tiempo permitido, lavaba mis interiores y medias
del colegio, hubo días en los que no podía ponérmelos porque estaban mojados;
el uniforme fue cambiado por sudaderas y camisetas de votos para políticos,
todo tenía polvo y ya me desesperaba el llanto de una de las señoras del
frente. El chico me miraba y a veces sentía que me protegía, años después lo vi
en un bar de Fusa y me alivié de saber que estaba bien.
Fueron
18 días que estuve allí, una mañana me colocaron la misma bolsa de tela y esta
vez no fueron tan amables, todo fue muy rápido, no tuve tiempo de colocarme
ambas medias y el uniforme estaba sin apuntar. Me empujaron en la caminata
hasta un vehículo, llegamos a la carretera y allí pararon, me bajaron y me
dijeron que no viera nada que metiera la cabeza entre las piernas y vi que me
apuntaban con un arma, tuve tanto miedo, escuche como arrancaba el carro y
avanzaron hacia donde yo pretendí caminar, anduve mucho y reconocí un lugar, me
di cuenta que estaba en la aguadita un pequeño pueblo cerca de Fusa, me alegré,
pero comencé a llorar, no lo había hecho en ningún momento, pensar que se
devolverían para acabar con mi vida me aterraba, fue una transición entre el
pánico y las ansias de llegar. Algunos campesinos y personas me miraban y
susurraban supongo de mi aspecto y del no llevar una media.
Vi
la punta de la iglesia de Fusa y sin parar de llorar corrí porque me sentía cerca,
no tuve pena, no miré a nadie, no paré de correr, mi casa se ubicaba cerca del
centro. Timbré, Lucrecia la señora del servicio se asomó por la ventana y
gritó, abracé a mi madre que no dejaba de llorar.
Mi
padre había pagado un alto costo para volverme a ver, tan sólo un mes pasó y se
llevaron a mi hermana mayor, estábamos destruidos. Dos meses después regresó,
pero ya era otra persona, cogimos lo que nos quedaba y nos marchamos al Tolima,
mi madre consiguió trabajo en la capital porque la situación económica era muy
precaria; mis padres al cabo de un tiempo se separaron y sé que fueron estos
sucesos los que acabaron nuestro hogar.
En
esos 18 días no me maltrataron, sólo estuve en una cama esperando, pero este
hecho cambio mi vida, arruinó aquellos días maravillosos que vivía con mi
familia, nos quedamos sin nada. Aprendí a valorar cada cosa, lo más sencillo,
la vida, la risa y el amor. Aún se escucha un silencio eterno cuando surge el
tema con mis seres queridos y se oscurece mi vida cada vez que escucho la
palabra secuestro.
MARTHA CONSUELO GUALTEROS VILLEGAS
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