viernes, 19 de octubre de 2012



SOLO UN DÍA LO CAMBIA TODO

Podía haber jurado que esa noche estaría en mi fiesta de cumpleaños, aunque  ocho días antes ya tenía 17 años. Desde las 6:50 a.m. de ese viernes comenzamos a hablar del tema, en realidad se iban a celebrar dos festejos, el otro me lo reservo por respetar la privacidad de mi amiga Heydy.
Éramos seis murmullos en clase, “las Brando”, nos llamaban así profesores y compañeras; El día se hacía tan largo y mis oídos solo querían escuchar el timbre de salida, el calor era nauseabundo entre la última hora de Constitución Política y el balbuceo de nuestro profesor Guillermo.
El esperado sonido que anunciaba la salida nos sacó del letargo y nos recordó nuestro objetivo del día: la fiesta. Paola, Heydy y yo tomábamos el bus para centro del municipio estábamos encargadas de comprar el Ron y la Coca Cola; yo llevaba el dinero que habíamos recolectado en mi maleta y aunque se nos recordaba a cada instante que éramos menores de edad, el grado once nos hacía sentir más grandes que nunca.
Caminábamos por una de las aceras de la Avenida de las Palmas, entre risas movíamos rápido las piernas para alcanzar a hacer todo lo que estaba previsto y retirarnos el uniforme para comprar el “motín” como le decíamos a la mezcla embriagante. Escuché mi segundo nombre: ¡Consuelo! (sólo mi familia me decía así) voltee la cabeza con cierta duda, pues la voz no era conocida, mis amigas dieron unos pasos adelante.
Mi mirada ubico dos hombres, no eran tan mayores, se encontraban recostados en una camioneta blanca; yo hice una mueca y llevé la mano hacia mí, como preguntándoles si era conmigo. Uno de ellos se acercó y tan solo dijo: “Súbase al carro y no haga las cosas difíciles”. Yo despectivamente contesté a manera de pregunta: “¿perdón?”, llegué a pensar que era una manera tonta de hacer un piropo o conocerme, pero su mirada me indicó que aquello era serio y como un retroceso de mi vida llego a mi cabeza una conversación que mis padres mantenían hace unas semanas, yo inapropiadamente escuché, mi papá le decía a mi mami que ya se debían cinco vacunas, que los negocios no estaban vendiendo lo mismo que antes y que había que hacer algo. Para nadie era un secreto que “vacunas” era un término que se utilizaba para una cuota o diezmo que se daba a la guerrilla, que nadie sabían dónde estaban ni quiénes eran, pero existían y lo cierto es que había que cumplirles por que se rumoraban que eran “de los malos”. Aunque a hurtadillas me llevé esa conversación, pensé que no trascendería, sentí que no era de mi incumbencia los temas de adultos, en especial ese asunto que me daba miedo.
Pero ahí estaba esa cuestión mirándome de frente, no temí ni un momento, creí que era algo pasajero y que estaría lo más pronto para ir al festejo. Giré para alcanzar a mis amigas y les entregué la maleta, se consternaron un poco ya que esos tipos no los conocía nadie, yo les indiqué que eran clientes de las cerrajerías de mis padres, que no habría problema y que llegaría esa noche sin falta, trate de despistarlas para no ocasionar problemas. Encomendé a Heydy que fuera a mi casa y le dijera a mi papá que estaría con estos señores, como una manera de avisar el suceso. Con desconcierto aceptaron, yo me acerqué al carro blanco y vi que tenía al asiento de enfrente abajo, me subí en a la parte de atrás.
Nuestra ruta siguió derecho al oriente de la Av. de las Palmas, yo quería preguntar algo, pero pensaba que no era apropiado. Aún no tenía miedo, no sé si es la juventud hace que uno no tema, que la adrenalina se confunda con alegría y valentía… no lo sé, solo tengo claro que hoy trece años después moriría de pánico.
El clima comenzó a cambiar, hacia cada vez más frío y por la ruta reconocí que íbamos hacia Pasca un pueblo cercano a Fusagasugá. Comenzaron a mantener un diálogo los dos hombres, el camino se volvía más rocoso y yo no entendía nada, se referían a nombres y cosas que no tenían sentido, no eran frases coherentes y por supuesto entendí que hablaban en clave.
Disminuyeron la velocidad, uno de ellos dijo: “hay que ponerle esto, en un rato vamos a llegar”, se inclinó hacia mí y me di cuenta que era una bolsa de tela negra. No me opuse, él suavemente me la colocó, la aseguró con un cordón, yo pensé que en un rato más haría trampa y miraría todo, pero aquel trapo era una tiniebla y apenas dejaba respirar.
No sé cuánto tiempo tardó pero llegamos y me bajaron; ahí ya tenía las manos amarradas con un lazo delgado, escuché nuevas voces, comenzamos a caminar, después de un tramo se escuchó más gente, pisé asfalto y me sentaron, me permitieron ver, estaba en una cama y frente a mi habían otras tres, allí estaban dos señoras y un muchacho como de veinte años, nadie hablaba. Observe el estrecho lugar, era una especie de choza o bohío, muy rústica, las paredes eran de barro y caña, habían unas revistas apiladas en el suelo, unos zapatos viejos en una esquina y unos tubos en otro lado.
¡Necesito un baño! Le indiqué a un hombre que estaba como vigilante cerca de la entrada que no tenía puerta, me señaló con un arma grande y larga a donde debía dirigirme, me paré en la entrada y menos de un metro estaba una pared que no permitía ver nada, al lado derecho había un espacio en donde logré observar que estaba nublado, sólo había árboles, matas y pasto. Al lado izquierdo estaba un improvisado baño, una especie de letrina y un tanque con agua que provenía de un tubo del que colgaba una media velada.
La tarde se hizo noche y esta se convirtió en mañana y así varios días; no se podía conversar, por la noche se escuchaban chasquidos, disparos, llanto de otras personas, grillos y latidos de perros, en ocasiones cantos de lo que hoy supongo son de revolución. No había luz y en esos momentos si temía. Temprano antes del alba se oía como un jefe daba instrucciones, algunas cosas eran claras, otras no, nos llamaban por números.
Ya extrañaba mi casa, mi mamá mis amigas, todo, la comida era denigrante y absolutamente todos los días habían papas, no me quejo pues llenaba el estomago ya que a veces no llegaba sino un plato por día.
Espantoso los días de baño, solo fueron pocos, el agua era helada pero el verdadero terror eran los hombres con mirada de morbo, el asco y la repulsión se apoderaban de mi y en el corto tiempo permitido, lavaba mis interiores y medias del colegio, hubo días en los que no podía ponérmelos porque estaban mojados; el uniforme fue cambiado por sudaderas y camisetas de votos para políticos, todo tenía polvo y ya me desesperaba el llanto de una de las señoras del frente. El chico me miraba y a veces sentía que me protegía, años después lo vi en un bar de Fusa y me alivié de saber que estaba bien.
Fueron 18 días que estuve allí, una mañana me colocaron la misma bolsa de tela y esta vez no fueron tan amables, todo fue muy rápido, no tuve tiempo de colocarme ambas medias y el uniforme estaba sin apuntar. Me empujaron en la caminata hasta un vehículo, llegamos a la carretera y allí pararon, me bajaron y me dijeron que no viera nada que metiera la cabeza entre las piernas y vi que me apuntaban con un arma, tuve tanto miedo, escuche como arrancaba el carro y avanzaron hacia donde yo pretendí caminar, anduve mucho y reconocí un lugar, me di cuenta que estaba en la aguadita un pequeño pueblo cerca de Fusa, me alegré, pero comencé a llorar, no lo había hecho en ningún momento, pensar que se devolverían para acabar con mi vida me aterraba, fue una transición entre el pánico y las ansias de llegar. Algunos campesinos y personas me miraban y susurraban supongo de mi aspecto y del no llevar una media.
Vi la punta de la iglesia de Fusa y sin parar de llorar corrí porque me sentía cerca, no tuve pena, no miré a nadie, no paré de correr, mi casa se ubicaba cerca del centro. Timbré, Lucrecia la señora del servicio se asomó por la ventana y gritó, abracé a mi madre que no dejaba de llorar.
Mi padre había pagado un alto costo para volverme a ver, tan sólo un mes pasó y se llevaron a mi hermana mayor, estábamos destruidos. Dos meses después regresó, pero ya era otra persona, cogimos lo que nos quedaba y nos marchamos al Tolima, mi madre consiguió trabajo en la capital porque la situación económica era muy precaria; mis padres al cabo de un tiempo se separaron y sé que fueron estos sucesos los que acabaron nuestro hogar.
En esos 18 días no me maltrataron, sólo estuve en una cama esperando, pero este hecho cambio mi vida, arruinó aquellos días maravillosos que vivía con mi familia, nos quedamos sin nada. Aprendí a valorar cada cosa, lo más sencillo, la vida, la risa y el amor. Aún se escucha un silencio eterno cuando surge el tema con mis seres queridos y se oscurece mi vida cada vez que escucho la palabra secuestro.
MARTHA CONSUELO GUALTEROS VILLEGAS


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